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La tarde del adiós

La esperó durante dos vidas y la brújula de su corazón terminó volviéndose loca de tanta ausencia. De andar sin rumbo esperando su llegada. Con el tiempo sus pensamientos eran como aves mitológicas, siempre volaban hacia lugares impensables. Sin duda, su mundo no tenía la mezquindad del nuestro. Había envejecido y sus huesos ya eran muy frágiles cuando decidió regresar a aquella ciudad llena de oscuridad para hablarle de soledad. Al entrar en la casa se tropezó con un arcón lleno de recuerdos olvidados; a él se lo encontró durmiendo como duermen el resto de los muertos y a las pocas horas volvió a despertar igual que la noche da paso al día. El suelo de aquella pequeña casa terrera estaba llena de promesas rotas y a Elvira le costó limpiar aquel destrozo varias mañanas. Con el paso de los días parecía que había dejado de lado el miedo. Hacía ya un tiempo que las fotos que caían en su manos, casi por casualidad, parecían estar llenas de poesía. Sombra y luz, algún destello, alguna metáfora. Frágiles y eternas eran aquellas fotos llenas de nostalgia. En una de ellas vio pasar de largo el tren del adiós, en su interior viajaba su marido y también dos de sus hijos. Eran las vidas apagadas de sus tres grandes amores. Sintió en su interior que sufría más de la cuenta. Elvira creía sentirse culpable por aquellos amores sin mañana que había dejado partir . Nunca supo controlar la ira de aquel niño. Ahora estaba de regreso a casa y no amaba a ese hijo que acababa de despertar de la siesta. Ella durante un largo tiempo lo había liberado sin recordar que el destino humano es ser esclavo. Elvira lo escuchaba susurrar desde el jardín y sus ojos fueron los de ella por un corto instante en el que pudo revivir la crueldad del alma de aquel hijo. Cuando reparó en él se dio cuenta de lo mucho que había adelgazado por las penas pero el amor para Elvira había sido también un duro combate. Eran tiempos de alianzas imposibles. Había llegado la edad del olvido. Para Elvira era el final de la travesía. Su última cita. Desde el jardín aquel hijo vio a su madre alejarse convertida en una sombra de vida y pensamiento. Aquella tarde del adiós olía a lavanda y los girasoles dormían.

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