Antes de que llegaras nos visitaron los que levantan las mañanas y acuestan las noches. Iban vestidos con túnicas verdes y azules y sandalias de cuero natural.
Me llamó la atención que todos tenían el mismo corte de pelo y que en sus miradas se reflejaba el rigor y el arrepentimiento. Eran siete. Fueron llegando uno a uno. Se congregaron en la orilla norte del Río Azul. Era de noche cuando los vi acercarse a la plaza del pueblo. Dejaron una carta que recogió el alcalde y se fueron. Enrique, el alcalde, la leyó en alta voz: “Hemos dibujado en este papel nuestra carta de despedida y nuestro arrepentimiento. Es aquí donde queremos excusarnos de estar aún con vida. Cae la noche mientras llueve. Estamos todos sentados alrededor de una mesa empapada de tristeza intentado dibujar todos los caminos recorridos con la intención de encontrar algo de paz. Por fin, somos conscientes de nuestros defectos. Nuestra ambición desmedida no ha hecho otro efecto que rebajarnos. Deseamos que sepan que detrás de nuestras palabras y de nuestros actos pasados nos amenaza la culpa. Todos arrastramos una gran melancolía. Respiramos un silencio atroz de ausencias mortales. Caminamos despacio, bajo un sol apático e indolente, guiados por los ojos oscuros de la noche en la que comienza a asomarse la luna, y en medio de una entrañable soledad oímos una lejana melodía que nos llama insistentemente. En este preciso instante la noche nos atrapa. Entre empujones y codazos caemos al abismo. Ahí escuchamos una cólera abrumadora y muchos silencios antiguos. Nos despedimos con la esperanza del reencuentro y del perdón”.
Después llegaste tú, para entonces ya había amanecido.
Leave a comment
