Imagino que en breve estaremos en el aire, así que, antes de empezar, necesitaría hacer un minuto cuarenta y cinco segundos de gimnasia japonesa.
Se darán cuenta de que mis palabras caerán de mi boca por su propio peso. No las pienso, sólo me dejo llevar por el automatismo de mi mente. No ocurre lo mismo con mis relatos. Cuando los escribo
mis borradores son experimentos. Emborrono y rompo papeles escritos y vuelvo a empezar. Corrijo y reescribo hasta encontrarme lo que yo creo que son las palabras adecuadas.
Cuando terminé de hablar, una mano me agarró por el hombro. He de continuar volando en este tiempo. Diría qué esta es mi última voluntad imaginada.
– Susana, ¿sabes dónde se multiplican los rumores?, ¿ dónde se descomponen? – me preguntaron antes de irme.
Y en la boca me quedó un largo sabor a incertidumbre.
Se darán cuenta de que mis palabras caerán de mi boca por su propio peso. No las pienso, sólo me dejo llevar por el automatismo de mi mente. No ocurre lo mismo con mis relatos. Cuando los escribo
mis borradores son experimentos. Emborrono y rompo papeles escritos y vuelvo a empezar. Corrijo y reescribo hasta encontrarme lo que yo creo que son las palabras adecuadas.
Cuando terminé de hablar, una mano me agarró por el hombro. He de continuar volando en este tiempo. Diría qué esta es mi última voluntad imaginada.
– Susana, ¿sabes dónde se multiplican los rumores?, ¿ dónde se descomponen? – me preguntaron antes de irme.
Y en la boca me quedó un largo sabor a incertidumbre.
