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Habíamos decidido huir de la realidad ocultándonos en el lenguaje. Aquellos eran tiempos de literatura. Nos sentíamos más vivos que haciendo cualquier otra cosa. Unos meses atrás,  el silencio se había hecho dueño de la universidad. Entre el sonido callado que se respiraba en aquel lugar habíamos encontrado un pequeño suspiro donde casi no había aire. Ocupados sólo en escribir justificábamos su ausencia. La buscábamos entre los cuentos que un día había escrito. Nuestras mentes rodaban por las cuestas del cielo con la esperanza de hallarla. Las tardes las pasábamos leyendo los libros de los muertos. Algunos compañeros la acusaban de habernos abandonado quitándose la vida cuando más la necesitábamos. Con el tiempo esas falsas verdades se fueron disipando. Su cuerpo era su prisión. El alma de Elisa necesitaba abrirse camino. Ella la sostenía como podía pero un día logró  escapar al igual que el aire fresco que todo lo invade. “Aunque no lo sepamos todos los libros que escribiremos están en nuestro interior y todo en nuestra vida se verá  afectado por lo inesperado”. Esto fue lo que nos dijo el último día de clase antes de dejarnos. Hemos aprendido que la vida es prolífica, que todo puede ocurrir. El sol, que todo lo ve, también lo sabe.

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